Redacción
La cúpula castrista confirma negociaciones secretas con Washington mientras la isla se hunde en apagones, escasez, protestas y represión; Raúl Castro -el verdadero poder- avala las negociaciones.
Durante semanas lo negó. Lo llamó especulación, propaganda imperialista, desinformación. Pero este viernes, en un video difundido de madrugada por la televisión estatal cubana -el horario preferido de los regímenes cuando quieren confesar algo sin que demasiada gente lo vea- Miguel Díaz-Canel tuvo que admitir la verdad: el gobierno cubano lleva tiempo negociando en secreto con Estados Unidos.
La confirmación no llegó como acto de transparencia. Llegó porque ya era imposible seguir mintiendo. Apenas el 12 de enero, el propio Díaz-Canel había negado la existencia de tales conversaciones, reduciéndolas a simples “contactos técnicos en el ámbito migratorio.” Hoy, ese mismo hombre apareció ante las cámaras, acongojado e incluso temeroso, a reconocer que funcionarios de su gobierno dialogaron con Estados Unidos para buscar soluciones al embargo impuesto en la isla.
El hombre que manda no es el que aparece en pantalla
Quizás el detalle más revelador de toda la confesión de Díaz-Canel no fue lo que dijo, sino lo que reveló sobre quién realmente gobierna Cuba. Las conversaciones han sido conducidas al más alto nivel, según sus propias palabras: “Dirigidos por el General de Ejército como líder histórico de nuestra revolución y por mí”, afirmó, en referencia explícita a Raúl Castro.
El hombre que supuestamente se retiró. El que cedió el poder “formalmente” hace años. El mismo que aparece representado en el video junto a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias “el Cangrejo”, sentado detrás de Díaz-Canel. Una imagen que vale más que mil discursos: el heredero biológico del castrismo, presente en la sala donde se decide el futuro de once millones de cubanos que no eligieron a ninguno de los que están sentados ahí.
La crisis que el régimen fabricó
¿Por qué negocia ahora la dictadura, después de décadas de retórica antiimperialista? La respuesta es tan sencilla como vergonzosa para el régimen: la isla se está quedando sin luz, sin combustible y sin salidas.
El propio Díaz-Canel reconoció que “hace tres meses que no entra combustible al país”, consecuencia directa de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro -principal proveedor de petróleo subsidiado a Cuba- y del endurecimiento de las sanciones de Washington. La crisis energética en Cuba se ha agravado por la escasez de combustible y frecuentes apagones, lo que ha motivado recientes protestas ciudadanas.
El régimen, claro, tiene su versión: todo es culpa del “bloqueo imperialista”, la misma excusa que usan las dictaduras comunistas para justificar su fracaso, como Corea del Norte y Venezuela, aunque hayas cientos de miles de inversiones privadas de empresas estadounidenses en la Isla y que prácticamente vivan del turismo y remesas procedentes de EUA. Lo que Díaz-Canel no explicó es por qué, después de 65 años de revolución socialista, Cuba sigue siendo incapaz de producir su propia energía y depende de las dádivas de regímenes aliados para mantener encendida una bombilla; quizá es porque, como sostienen especialistas, el régimen lleva décadas vendiendo la ayuda y materia prima subsidiada como el petróleo, para mantener a sus dirigentes y acumular cientos de millones de dólares en cuentas privadas.
Presos políticos como moneda de cambio
En paralelo a las negociaciones, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba anunció que liberará a 51 personas de las cárceles del país, en un movimiento que atribuyó a un “gesto de buena voluntad” y a sus relaciones con el Vaticano. El opositor cubano José Daniel Ferrer no tardó en llamar las cosas por su nombre: calificó la medida de “burla.” Y tiene razón en ser escéptico. La organización Prisoners Defenders señaló que había 1,214 presos políticos en Cuba hasta febrero de 2026. Liberar 51 cuando hay más de mil encerrados por disentir no es un gesto humanitario -es una operación de imagen para la negociación-.
La dictadura cubana lleva décadas usando cuerpos humanos como fichas de póker diplomático. Encarcela disidentes y los ofrece como “gestos de buena voluntad” cuando necesita algo a cambio. El patrón se repite con una regularidad que debería avergonzar a cualquier gobierno del mundo que decida sentarse a negociar sin exigir primero la liberación de todos los presos de conciencia.
Las condiciones del régimen: “respeten nuestra dictadura”
Lo que busca el régimen
La Habana busca que cualquier acuerdo respete su modelo político y su estructura institucional, lo que en el lenguaje diplomático significa: queremos sus concesiones económicas, pero no toquen nuestro sistema de partido único, censura, represión y control total sobre la población.
Díaz-Canel ha insistido en que el diálogo debe basarse en el “respeto mutuo” y en la exclusión de temas que puedan interpretarse como injerencia en sus asuntos internos. Traducido: los derechos humanos no están sobre la mesa. Es el argumento favorito de todas las autocracias del mundo: “soberanía” como escudo para blindar la impunidad.
Aunque la dictadura cubana lleva más de 60 años inmiscuyéndose en asuntos de otros países, sobre todo en América Latina, que los ha llevado incluso a financiar guerrillas, entrenar militarmente ejércitos rebeldes, brindando inteligencia y armas a grupos disidentes, y propaganda y asesoría a candidatos y partidos. Así se explica el ascenso al poder de personajes como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, que luego fueron los principales patrocinadores de la dictadura.
¿Qué viene ahora?
Trump afirmó que “Marco Rubio está hablando con Cuba ahora mismo” y que podría cerrar un acuerdo “en una hora.” La hipérbole trumpiana aparte, lo cierto es que Washington tiene ahora una posición de fuerza sin precedentes frente a La Habana.
La pregunta que importa no es si habrá acuerdo, sino qué exigirá Washington a cambio de aliviar la presión. Si la respuesta incluye libertad real para los más de mil presos políticos, elecciones con candidatos independientes y apertura a la prensa libre, y de la economía, entonces el diálogo podría tener sentido.
Si, en cambio, se reduce a un intercambio de alivio económico por promesas vagas de “estabilidad regional”, habrá que llamarlo por lo que sería: un salvavidas al régimen más longevo del hemisferio occidental.







