Sheinbaum no asiste a inauguración del Mundial ni a Fan Fest; la ve con Brugada en evento de alcaldía

Redacción

El día que México presumía al mundo su tercera inauguración mundialista, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por esconderse de su propio festejo. No fue al Estadio Azteca, donde le esperaba un palco de honor, ni al Fan Fest del Zócalo, donde su gobierno había anunciado originalmente que vería el partido con la gente. Eligió, en cambio, un evento a modo: el Deportivo Hermanos Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero, un recinto con apenas unos cientos de sillas plegables, blindado de protestas y de cualquier riesgo de abucheo.

Con esa decisión, Sheinbaum se convirtió en la primera gobernante de un país anfitrión en 96 años de Mundiales que falta a la ceremonia oficial de apertura, rompiendo la tradición que en México honraron Gustavo Díaz Ordaz en 1970 y Miguel de la Madrid en 1986.

La doble evasión: ni estadio ni Zócalo
La ruta de la presidenta fue un repliegue en dos tiempos. Primero descartó el Azteca, donde la espontaneidad de 80 mil asistentes —los mismos que abuchearon sin pudor a la selección de Sudáfrica— hacía imposible garantizarle una recepción amable. Después abandonó también el plan del Zócalo: ella misma había puesto en duda su asistencia al Fan Fest ante la previsión de manifestaciones en la zona, donde madres buscadoras y maestros de la CNTE llevaban días instalando sus demandas frente a los reflectores del Mundial.

El resultado fue un evento quirúrgicamente controlado. En el deportivo de la GAM no hubo verbena ni mariachi; hubo una carpa, sillas contadas y una logística con sello partidista: la mano de Morena se notó en la organización, al grado de que las porras estuvieron dirigidas al alcalde Janecarlo Lozano. El público —vecinos que en su mayoría ni siquiera sabían que la presidenta estaría ahí— funcionó como escenografía de cercanía sin los riesgos de la cercanía real.

Operación sigilo
El hermetismo confirmó el cálculo. Durante semanas la mandataria evadió decir dónde vería el partido y Comunicación Social de Presidencia mantuvo a la prensa en la oscuridad: los reporteros esperaban en Palacio Nacional cuando trascendió que Sheinbaum ya iba en camino a la GAM, a más de 20 kilómetros del epicentro futbolero. La acompañaron funcionarios del gobierno capitalino, ninguno de su gabinete federal y Clara Brugada, quien sí pasó brevemente por el Zócalo antes de sumarse al refugio del deportivo.

Ahí, con la playera verde con su apellido y el número 26 a la espalda, la presidenta celebró los goles del 2-0 sobre Sudáfrica y publicó en redes: “Desde el Deportivo Hermanos Galeana en la Gustavo A. Madero. ¡Viva México!”. La postal de presidenta futbolera quedó hecha; la de presidenta dispuesta a encarar a un público no controlado, no.

El boleto como coartada
La explicación oficial fue que cedió el boleto que le obsequió la FIFA a una joven aficionada, como “gesto simbólico” hacia las mujeres. El gesto, sin embargo, no responde la pregunta de fondo: una cosa es renunciar a un asiento de lujo y otra es desaparecer de los dos espacios públicos masivos del arranque mundialista. Si el mensaje era austeridad y pueblo, el Zócalo, gratuito y popular, era el lugar natural. Que también se evitara confirma que el problema no era el palco: era la multitud sin filtro.

Es cierto que tampoco asistieron al Azteca Donald Trump, Mark Carney ni el sudafricano Cyril Ramaphosa. Pero ninguno de ellos era el anfitrión de la fiesta en su propia capital. Brugada cerró la jornada asegurando que la presidenta decidió vivir el partido “en un festival futbolero con su pueblo”. El detalle es que fue un pueblo seleccionado, en un perímetro seguro, lejos de las madres que buscan a sus hijos y de los maestros que llevaban días esperando ser escuchados. El Mundial le dio a Sheinbaum el escenario global que cualquier gobernante quisiera; ella prefirió no arriesgarlo a la única encuesta que no se puede controlar: la del estadio lleno.

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